En Leyre nos impactó sobre todo la cabecera de la iglesia, de una altura inusual para un románico tan temprano, la luz misteriosa que enmarca la preciosa escultura de la Virgen y el sabio ambiente de paz que se respira. Qué decir de la cripta, también románica, que parece obra de cíclopes paleo-cristianos. En Javier vimos un bonito castillo finamente restaurado y con añadidos seudo-góticos del siglo XIX. El conjunto está muy bien conseguido, más bien como museo dedicado al santo que como castillo real. Unos minutos de meditación en la sala dedicada al efecto, sobre la tétrica Capilla del Cristo —con la imagen de un crucificado sonriente rodeado por los frescos que representan a la muerte en forma de esqueletos, también sonrientes— justificó plenamente la visita de este castillo navarro.
Poco después estábamos en Sangüesa, a media mañana y con tiempo para hacerlo todo: compras, lavar calcetines y gayumbos, internet en la biblioteca pública, plantillas de silicona en la farmacia, etc. Los pies me dolían menos y mi cuerpo agradecía es día de descanso que nos habíamos regalado. Sangüesa no es mejor ni peor que lo que antes hemos visto, es simplemente diferente. Más navarrico, más vasco si se quiere en cuanto a la raza y al habla. País extraño, esta tierra rugosa de la península llena de pueblos tan distintos y belicosos. Tierra de pronunciamientos, rebeldía y autarquía. Tierra variada y agreste, de gente disconforme a pesar de saber vivir tan bien… Para empezar, pochas de diferente tamaño y tonalidades, de segundo dudamos entre toro estofado y bonito en salsa de tomate, de postre cuajada o flan casero; todo esto regado con un buen tintorro de Badajoz. Más no se puede pedir a un menú económico.

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